La Línea en la pintura

Más allá del límite trazado por la línea roja que pinté alrededor de mi casa ayer, se encuentran decenas de hombres y mujeres saltando en camas elásticas negras. Son como gotas de agua lanzadas en un mar de aceite hirviente.
Todos anhelan descubrir el secreto oculto tras el cercado de piedra que construí hace dos días.
Soy consciente de mi excentricidad y mi naturaleza antisocial. Otro día les contaré sobre mis peculiaridades, aunque debo destacar que no dañan a nadie. Hace un año, me mudé a las afueras de este pueblo que hoy he dejado vacío al atraer a sus habitantes con mi teoría absurda (al menos eso parecía).
El primer día de cada mes, el chico de la tienda, con quien mantengo una especie de relación, aunque solo habla él, me informa sobre el impacto que genero en esta sociedad pequeña y mortalmente aburrida. Me consideran un perturbado, un ricachón maniático y avaro. Me vigilan, me temen y, al parecer, la semana pasada eso derivó en un deseo incontrolable de expulsarme de aquí. El chico se burlaba mientras me lo contaba, pues decía que nadie tenía el coraje suficiente para hacerlo. Fue entonces cuando surgió mi idea. Al fin y al cabo, me gusta divertirme.
En primer lugar construí una muralla circular de tres metros de alto y cinco de diámetro, sin ningún tipo de abertura. Todos me observaban desde la distancia. Algunos se acercaron, pero no lo suficiente. Por eso, ayer pinté la línea roja, ancha y visible, entre la recién levantada muralla circular y mi casa. Después, me senté con calma en el porche.
Los primeros curiosos aparecieron al amanecer. Pasaban junto a mí, lanzándome miradas furtivas a mí ya mi muralla. Creo que interpretaron la línea roja como otro muro más, como una barrera que me impedía salir a mí (aunque yo tengo el mío, desconozco su razonamiento). Y ahí llegó su impudor. Se abalanzaron sobre mi construcción como si nadie pudiera detenerlos.

Y ahora, aquí estamos. Como las camas elásticas no les permitieron ver nada, llegan con escaleras. Se ayudan unos a otros. Algunos se asoman y caen adentro, mientras que otros descienden a propósito. Hay piernas y brazos rotos. Traen palas, excavan y rebuscan entre las piedras.
Han pasado dos horas y todos, sin excepción, están derribando mi muralla. Frustrados, contemplan el montón de piedras derruidas. Y eso es todo. Esperaban un gran tesoro; algo valioso debería esconderse tras una construcción tan destacada.

Ahí vienen. Alineados tras la línea roja, me miran enfadados, con rabia, pero en silencio. Yo sigo sentado en mi hamaca.
Poco a poco regresan a sus casas.

Lo curioso es que todo ese tiempo, a su alcance, pero a mi lado de la línea roja, había dejado mis decenas de lingotes de oro. Excepto de miradas furtivas, siempre han estado a salvo.
Conclusión: me quedo. Y la línea roja también.

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