En el mes de mayo, Nora conoció a su padre.
El lugar le pareció el mejor soñado. Era como si su fantasía revoloteara entre aquellos árboles, a la vez que era cantada por centenares de pájaros azules.
Era un bosque mágico, desdibujado cuando la niebla sacaba sus uñas y arañaba las ramas verticales que se clavaban en el cielo por las noches.
Sin embargo, no le gustaba aquel padre, taciturno y seco, que al mediodía, y todos los días, bajaba por el camino cuando la luz daba de lleno sobre la tierra…




