La Línea en la pintura

POR AMOR

Cuando ambos acabaron de desayunar, tuvo que contarle a su sobrino que lo había envenenado. Después de todo, él debía poner sus cosas en orden y solo le quedaban unas pocas horas.
Durante la última semana, era ella quien, cada día, entraba y robaba en la casa de los vecinos del tercero derecha; y era ella la que, desde su balcón en el sexto izquierda, tiraba sal al cuenco de agua del perro de los jipis que residían en el quinto.
El hijo de su hermana, el único familiar vivo que le quedaba, salió despavorido del piso cuando la noticia dejó de parecerle una locura; los retorcijones de tripas llegaron antes de lo que su tía había pronosticado. Justo diez minutos más tarde, tras seleccionar, y acto seguido, guardar en su bolsa lo imprescindible, Eleonora cerró la puerta de su casa y se fue. Esta vez para siempre.
Hasta que conoció a Guillén, quince días antes, sus cincuenta años habían discurrido entre rezos y acciones esperadas por la comunidad y por ella misma. Alma firme e íntegra, mujer solitaria y virgen. Pero la naturaleza de Eleonora se desvió dentro de aquellos ojos negros que narraban una vida disoluta y libre.
Durante cinco días y seis noches veló el cuerpo del hombre desconocido, mientras entraban enfermeras y salían médicos, arrebatada por aquella memoria ajena.
Y en el momento en el que la muerte se llevaba a Guillén, este la miró, le guiñó un ojo y le dijo: “Nos vemos en el infierno”.
Eleonora, sobrecogida, se preguntó, al instante, cómo iba a neutralizar tantos años de buenas obras.
Una semana más tarde, era optimista. De pie en el andén vio acercarse el tren. “El suicidio es otro gran pecado”, pensó.

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