La Línea en la pintura

MI GÜELA

Solo cuando la miro, recuerdo mi infancia.

Mañanas y noches entre saltos en la cama y retoques a golpe de pincel de los pequeños ciervos blancos que brincaban por el empapelado de las paredes.

Dibujo sus ojos.
Los ojos de mi güela.
La que me escondía el chocolate y preparaba pan frito en el desayuno.
La que me contaba crudas historias para dormir mientras hacíamos ejercicios de relajación.

Pinto el marrón de su iris, un color profundo y oscuro donde guarda imágenes de un viaje transoceánico que, con cinco años, la trajo a casa con dos hermanos y unos padres que venían de vuelta envueltos en frío y nieve.

Dibujo su boca, introspectiva, de rictus serio y un poco triste. Deja ver esa intuición suya de saberse nacida en un momento que no debía ser.

Mientras tejo con pinceles en blanco y negro su vestido, ella me ve. No sonríe, baja la mirada y sigue devorando uno de los libros que aquella maestra, a quien sus padres alquilaron una habitación, olvidó en un baúl; baúl, ahora mío, que era mágico y transformaba cada página amarillenta en elefantes, jirafas, hombres que caminaban con pájaros imposibles en la cabeza, y mujeres que viajaban solas por mundos de colores infinitos.

Sigo pintando sin reparar en su rostro.
Un chasquido de su lengua, y levanto la mirada hacia sus ojos.
Me habla. Solo del porqué de su profunda tristeza en ese momento.
Tomasín.
Ese hermano pequeño suyo, de corazón frágil, la dejó sola. Recuerda como se arrebujaban entre las mantas, ella para darle calor, él para detener aquel corazón agitado.

Ahora lo que quiere es guiarme en mi trabajo, y yo me dejo llevar. A cambio, desea saber cómo se resuelve su vida.
Se pone muy seria, pero tiene nueve años.
Le hablo de su larga existencia, de su marido, de sus hijos, de sus nietos y biznietos. Historias alegres de pocos sufrimientos.
Me guardo para mí lo malo, el peso de la guerra, de la muerte, la despedida desgarradora del hijo.
Me guardo las cargas de una vida que encorvan la espalda de las mujeres de una generación como la suya.
Me guardo la última imagen que tengo de ella. Y flotan ante mí sus alejadas palabras cuando sus ojos ya no me leían: “Calle Paternal, número doce. El Salto Argentino. Buenos Aires”.

Si te interesa mi trabajo, ponte en contacto conmigo.