La Línea en la pintura

LOS CINCO CLAVOS DE JANO

Justo en la hora en que Mauro cumplía veinte años, recogía brotes frescos más acá de la cerca que lo desvinculaba del valle. Llevándose uno a la boca, el golpe seco de sal en la lengua llenó sus ojos de agua. Se preguntó si algún día llegaría a distinguir el dulzor o la amargura de su alimento a simple vista. Apoyó los brazos en uno de los postes de la valla y dirigió su mirada hacia la fila de gente que subía al pozo. Le llegó el ruido de sus diálogos, palabras desordenadas que si las aspiraba con intensidad olían a conformidad y deseo.

Sin más, se dio la vuelta y regresó a su sitio, a su parcela; consignada en lo alto de la colina, era de las más verdes. Cuatro metros cuadrados solo para él. Hasta donde alcanzaba la vista, todo hogar brillaba en rojo, en amarillo o en verde, como el suyo; y las personas que en las teselas habitaban se convertían en puntitos negros según se alejaban en el horizonte.
Recostó el oído sobre el suelo y con un suave silbido llamó la atención de Silvio. El pequeño grillo vivía consagrado a la total complacencia de Mauro. Le narraba historias, le susurraba canciones y le interpretaba las más bellas melodías. Y así se durmió.

Al llegar la mañana, el rayo de sol que todos los días lo despertaba descansaba en las manos de un hombre. Este, sonriendo, se lo dio para que, como siempre, se aseara en la luz. Aquel ser tenía dos caras y una de ellas le habló:

⸺ Me llamo Jano, y durante cinco días seguidos vendré a visitarte. Cada uno de ellos pondré un clavo en tu valla. Cuando todos estén hundidos en la madera, tendrás que decidir, al igual que, uno por uno, han hecho, hacen y harán, la totalidad de seres que habitan mi reino.
⸺ ¿Decidir? ¿Sobre qué? ⸺ preguntó Mauro.
⸺ Tu destino. Por lo pronto, hoy bajarás al valle y observarás a la gente, te alinearás con ellos y subirás al pozo. Una vez regreses, los días fluirán.

Mauro se levantó y caminó hacia la cerca. Allí estaba el clavo. No sabía que significaba aquello, pero de todas formas bajó. Reparó en decenas de individuos que, tan confusos como él, conversaban y caminaban despacio. Expectante, se unió a la subida.
Durante el trayecto, se cruzó con las personas que bajaban. Niños que saltaban y brincaban. Mujeres que sonreían. Ancianos que oteaban con ojos en blanco. Hombres que se desprendían de sus ropas como si estas ardieran.
Al llegar al pozo, miró dentro. Los que venían tras él, rígidos, cuan estatuas, dejaron de respirar. Todo se detuvo. El aire se volvió denso y el negro del foso se aclaró.
Y vio.
Vio su pasado.
Y vio escenas futuras de sus hazañas en la colina, de las muecas de Silvio que tanto le divertían…
Mauro desanduvo el camino pensativo. Su vida era buena y lo seguiría siendo, pero una pequeña desazón con forma de clavo se hundió en el centro de sus ojos.

Se pasó los días sentado, dibujando círculos a su alrededor que se convertían en pequeñas burbujas flotantes. En ellas, Jano proyectaba sus potenciales vidas, con diminutos personajes que aquel dios barría todas las mañanas sin que ni una palabra saliera de ninguna de sus caras.

Cuatro días después, cuando Mauro se apoyó en la valla, cinco clavos la coronaban. Y de repente, la voz de Jano sonó como música en sus oídos:

― Atrévete a dar el paso. Un nuevo comienzo de futuro incierto, una transformación. Estos clavos son la puerta y auguran fortuna para una etapa aún no iniciada.
― ¿Cómo lo hago?
― ¡Vuela!

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